dissabte, 25 d’abril del 2015

DE AYAMONTE HASTA FARO BUSCANDO A MARÍA LA PORTUGUESA



En las noches de luna y clavel

de Ayamonte hasta Villareal

sin rumbo por el rio, entre suspiros

una canción viene y va
Que la canta María

al querer de un andaluz.

María es la alegría, y es la agonía

que tiene el sur.
¡Ay, María la portuguesa,!

desde Ayamonte hasta Faro

se oye este fado por las tabernas

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Fue esta canción número quince del CD de la Rondalla Puiggraciós nuestra compañera fiel en los 65 km que recorrimos de Ayamonte hasta Faro por la A22 del sur de Portugal, en plena región de La Algarve.
Durante el trayecto vimos grandes extensiones de invernaderos y naranjos, una continuación de los que hay en el litoral onubense.


FARO es una ciudad importante que tiene el único aeropuerto en la zona sur de Portugal, el cual recibe en verano a miles de turistas en busca de sus magníficas playas.


Llegamos temprano, era domingo y una hora menos que en España. Eso hizo que pudiéramos dejar nuestra furgoneta aparcada delante de la oficina de Turismo que había abierto sus puertas temprano. La amabilidad de la encargada fue preludio de una agradable y tranquila visita a la Cidade Velha (Ciudad Vieja) que nos dejó sorprendidos con ese precioso casco antiguo.


Se accede a través de una vieja arcada, el Arco da Vila, y fácilmente se llega al “Largo da Sé” donde se alza altiva la Catedral o Sé entre otros monumentos.


El casco antiguo, que se recorre en menos de una hora con parada en uno de los pequeños y coquetos cafés que hay en las plazoletas, conserva el equilibrio justo entre decadencia portuguesa y conservación. Es un encanto


Todo el conjunto está rodeado por una muralla que se abre a la ciudad nueva por diferentes arcos.


Caminar por callejuelas adoquinadas que forman cenefas, plazas arboladas de naranjos y un campanario con doce campanas que sirve de habitáculo a las cigüeñas y quiere ser protagonista en todas las fotografías, es la imagen que me llevo de ese lugar.


Hicimos parada en OLHAO y FUZETA cuyo principal reclamo son sus playas de grandes arenales todas bañadas por el océano Atlántico. Estos lugares nos regalaron un montón de imágenes marinas muy fotogénicas y coloridas.
Llegamos a Tavira, uno de los pueblos más bonitos del Algarve.


TAVIRA es la típica postal de la zona: centro histórico empedrado, azulejos portugueses, palmeras, coquetas iglesias, balcones de filigranas, paseos al atardecer por el puente romano y casas encaladas con sus típicos tejados piramidales.


Después de tomar un sencillo refrigerio en una de las cafeterías de Plaça da República decidimos subir por la Calçada da Galeria. Subiendo se encuentra el Palacio del mismo nombre, da Galeria, uno de los ejemplos de arquitectura civil de la ciudad hoy convertido en Museo Provincial.


Subiendo por callejuelas estrechas y empedradas se encuentra la Igreja da Misericordia y en el centro de su casco histórico los restos del Castelo.
Este Castelo tiene un trozo de muralla pequeño y un jardín muy especial en su interior.


Se puede subir a la parte alta de sus murallas y disfrutar de las maravillosas vistas: cúpulas de las iglesias, tejados de la ciudad moderna mezclados con la verde naturaleza, el rojo de sus tejas , el azul del cielo y el azul del mar...


Mientras Joseph bajaba las escaleras empinadas y sin barandillas se escuchó un canto melancólico, nostálgico de historias de barrio humilde. Unos músicos callejeros en los jardines del Castelo interpretaban un fado.


Fue tanta nuestra emoción que la guitarra pasó de mano a otra mano con una invitación : “Tóquela”

Habíamos encontrado a María la Portuguesa. Fue un momento mágico.


La ruta debía seguir y las campanadas de la Torre del Reloj de Tavira nos alertaban que era ya hora de almuerzo.


Muy cerca, en un pequeño pueblo pescador llamado SANTA LUZIA nos esperaba el plato más típico de la zona, pulpo.
Aconsejados por los ancianos pescadores que charloteaban tomando el sol buscamos “Casa Alcatruz” y su cocina.


De nuevo calles adoquinadas con casas de una sola planta y puertas de colores vivos con ventanas llenas de flores y gente amable. Disfrutamos del pescado recién capturado.


Luego un tranquilo paseo por el pequeño puerto repleto de barcas que se afanan a diario en la pesca.


Pasamos por CANCELA, una de las aldeas con más encanto del Algarve que atesora un ramillete de casitas blancas rematadas con añil en torno a una iglesia. Luego MONTE GORDO hasta VILA REAL de Santo Antonio.


El final de la ruta nos regaló un atardecer tranquilo y sencillamente espectacular.



Hoy la puesta de sol merece como mínimo un “muito obrigado, Portugal”